Un gabinete que hace agua, y cuyos ministros con estudios de postgrado en prestigiosas universidades internacionales son incapaces de allanarse en el camino de la salida política, esa que a veces está más colmada de calle y pericia que de especialidades y tecnocracia.

Una oposición de colmillos amenazantes, vorazmente hambrienta, achorada y desalmada, con vocación de choque y de barra brava.

Un contralor de la República que es grabado pero que también, al parecer, graba; que compra y vende autos por montones y por miles, que ostenta un trucho título académico y que encima muestra sin recato su cara dura mientras es blindado con roche.

Una opinión pública exaltada, ideologizada aunque sin contenido realmente ideológico, partida y antagónica, disparadora de barro antes que de ideas claras.

Un reo cuya situación se hace coyuntura, cuyos delitos podrían ser borrados, cuya liberación es parte central de la agenda de un país en el que aún campea la impunidad.

Tres expresidentes envueltos en una de las mayores tramas de corrupción de la historia; unos más torpes que otros, unos más embarrados que otros, pero los tres sin ninguna pulcritud por presumir, con futuro incierto de por medio.

Unos empresarios que aún no piensan en un país, que aún sobreponen el interés del billetón por encima de todo, aunque tengan que encerrar a sus empleados que luego sucumbirán ante el fuego aniquilador.

Un Presidente que baila un baile ajeno a la realidad del país, desconectado de su esencia, atribulado por una voracidad política que subestimó y por un entorno que no sabe cómo hacerlo reaccionar.

Un país enredado en fuegos cruzados y choques de barristas, de verdades ahuecadas, de mentiras con apariencia de verdad, de populismo y hervor popular sin carne.

Un país que aún no aprende a ser nación, como lo diagnosticara Arguedas en su momento, en un momento que no pasa y no tiene final.

Fuente Diario Correo