La historiadora Carmen McEvoy nos recibe en su departamento de La Punta, tan cerca y tan lejos del trajín limeño. Queremos que le dé sustancia histórica a los escándalos de presidentes detenidos y políticos en ascuas, de paso que tomamos nota de que en dos años cumplimos 200 años y necesitamos ‘leitmotiv’, símbolos, respuestas siquiera provisionales.

—Hay una historia de corrupción detrás de presidentes detenidos, pero también la historia de un país que busca justicia, ¿no?

Exacto, sí, el Perú tiene esta historia de paradojas. Hay este libro fantástico de Paul Gootenberg, “Imaginar el desarrollo”, dice que el guano creó la posibilidad de imaginar un desarrollo en el siglo XIX con esta riqueza fabulosa, de soñar en grande. Entonces, tanta corrupción y Estado con grandes carencias, y te imaginas una justicia de la que nadie se pueda escapar.

—El guano es materia fecal que hace más absurdo el sueño.

Pero en la paradoja, el guano fertiliza, no es negativo; fertiliza las mentes de estos soñadores que piensan en desarrollismo, en sustitución de importaciones. Y esa semilla corre paralela al horror de ver lo que somos. Así como esto nos pone ante el mundo en una situación de vergüenza, aparece en la misma magnitud querer probarle al mundo que somos justicieros y tenemos a presidentes presos, que no se ve casi en ningún lado.

—En Brasil pasa algo parecido. Un prominente brasileño me decía que estaba orgulloso del Lava Jato.

Lo que podríamos decir es que estamos orgullosos de que una justicia que tanto criticamos pueda producir esa cantidad de fiscales y jueces con la ley al lado. Existe una tradición de justicia peruana de altísima calidad.

—¿Qué señales de eso?

Sánchez Carrión, que escribió la [primera] Constitución, fue un gran jurista. Están los primeros discípulos de Toribio Rodríguez de Mendoza, que es un genio.

—Y está el juez Carlos Valcárcel, que hace los informes [sobre la explotación del caucho].

Justo voy a Dublín a hablar de él. Es único, viene [Roger] Casement y toca un nervio en el que el Perú crea una justicia de derechos humanos cuando todavía el término no existía.

—Junto a la historia justiciera hay ajustes de cuentas, que es otra cosa.

La justicia es un arma de doble filo. Yo, que soy chalaca, mira a Félix Moreno: un juez ordena prisión preventiva y otro dice que puede ser gobernador; al final se escapa. No podemos generalizar, hay un núcleo de justicia buena que se mantiene.

—Tras un presidente ajusticiado hay un bando que se aprovecha.

Hay un ejemplo que puede sintetizar esta justicia popular: Balta es asesinado, y se mata y se cuelga a los hermanos Gutiérrez. Es una justicia popular contra quienes han osado matar al presidente, pero también hay relatos que hablan de un ajuste de cuentas en el interior del Ejército.

—Salaverry, nuestro presidente más joven, también fue asesinado, ¿algo quiere decir eso?

Lo manda a fusilar Santa Cruz y cruza la línea de la justicia militar, porque tú no fusilas a un general del Ejército. Lo mata y termina matando la idea de la Confederación [Perú–Boliviana], porque es un extranjero que viene a matar a un militar joven y romántico.

—Dices romántico y pienso en la famosa carta.

Que le escribe él a Juana [Pérez, su esposa]. Mi papá me leía esa carta donde le pide disculpas por la tristeza que le causa; al lado estaba la foto de Santa Cruz, y yo garabateé encima de su cara. En una niña se crea el mismo efecto de rechazo a quien mató a un presidente del Perú.

—Un siglo después, Leguía muere preso en un hospital. ¿Justicia o ajuste cuentas?

Muchas cosas que se superponen. Primero, el crack de la bolsa, una recesión económica defrauda todas las expectativas que crea Leguía. Hay un clima social que puede fomentar una especie de venganza. Lo otro es lo que hace Leguía con el civilismo, los deporta, los maltrata, crea muchos enemigos. Él celebra el centenario en 1921 y mira cómo termina.

—Se ha invocado muchas veces a Leguía y a Fujimori para decir que somos crueles con ellos.

No tratamos bien a nuestros presidentes. Acuérdate de La Mar deportado por Gamarra y muere en Costa Rica de tristeza. Castilla muere iniciando una revolución, a Pardo lo asesinan. No tenemos una historia de respeto a la dignidad presidencial. Esperas mucho de tu presidente o estás dispuesto a ejercer la justicia popular contra tu presidente.

—No se les perdona nada.

Es destructivo. Se le destruye a él y a su legado. Cada grupo político destruye a su antecesor y no podemos ver continuidades.

—Hablemos de PPK. Lo conocías, puesto que te nombró embajadora.

Lo conocí cuando salí con mis credenciales a Irlanda. Escribí una carta de dos páginas escribiendo por qué consideraba que podía ser embajadora, por mi formación como historiadora, mis bisabuelos de Irlanda y apliqué. Después de tres meses me contestó.

—Alguien ilustrado envuelto en el miasma. Y un tecnopolítico.

Uf, es no entender la política y las puertas giratorias. Hay una carta que le manda Juan Manuel Lavalle a su primo Manuel Pardo, y le dice: “La política peruana es un laberinto del cual no puede escapar ni el mismo diablo”. Ahí te das cuenta de que esos personajes del XIX sabían. Aparte de eso, creo que PPK se inserta en una tradición nuestra de no ver una línea divisoria entre lo público y lo privado. Eso no lo inauguran los tecnopolíticos, sino viene del siglo XIX, del Estado como botín de militares que como pelean en Ayacucho creen que el Estado les debe a ellos. Hay una frase graciosa, no sé si sea cierta, que a Castilla le gustaba jugar rocambor y cuando perdía decía: “Perdió el fisco”.

—Estamos cerca del bicentenario y nos quejamos de desplanificación.

Haber desplanificado el Estado nos ha traído a este momento sin plan para nada. ¿Crees que ha sido algo adrede?

—Sí, para introducir proyectos como la Interoceánica.

Van apareciendo estos oportunistas que meten proyectos que no son necesariamente los que convienen al Estado. Lo que se debe aprender es la planificación moderna con capacidad de mapear y priorizar necesidades. Un Estado sin planificación caerá en manos de aventureros y piratas.

—Esa sería una lección para el bicentenario.

Hay toda una campaña de valores, por eso estuve en Supe. Hace 200 años se dio allí el grito libertario. Se hizo una campaña de limpieza de playas con chicos voluntarios; estamos haciendo un voluntariado del bicentenario.

—Leí tu columna sobre Supe y evocabas a Cotler. Ahora hablas de esperanza. ¿Cómo contrastarla con su clásico pesimismo?

Creo que Julio no era pesimista, era un optimista informado, guardaba esperanza, pero sabía del enredo de la política. Una cosa que me mueve a la esperanza es que, a pesar de todo, la vida y la creatividad se imponen.

—¿A pesar de todo o es que no lo sabemos ver?

Es que nos sentimos abrumados por el nivel de corrupción y por los presidentes que nos han engañado. Pero el Perú está funcionando. ¿Cuántos corruptos hay, cien mil? Somos 30 millones. El Perú no es corrupto. Hay corruptos a los que les dimos el poder.

—¿A qué personajes, nombres, símbolos está apuntando la comisión del bicentenario?

Tenemos un proyecto: ante el modelo que prima de los destructores, los depredadores, hay que voltear la mirada y ver a los constructores. ¿Cuántas horas-hombre se necesitó para tener el Callao, la Carretera Central, la marginal, el ferrocarril central?

—O sea, héroes no militares, por más noble que haya sido Grau.

Por supuesto. Además, ¿por qué muere él? Porque el Estado no le provee lo que estaba pidiendo: torpedos, limpieza del monitor. El heroísmo no es suficiente si no tienes la infraestructura. Por eso, en este bicentenario los héroes anónimos son los jóvenes que se levantan temprano a trabajar, los que saben que no van a tener impedimento de salida ni prisión preventiva; gente honesta.

—El muchacho provinciano que se levanta muy temprano. Es una cita a Chacalón.

[Ríe] Se levanta muy temprano y hace su trabajo, y si tiene una infraestructura estatal que le permite hacer su papeleo en dos horas, va a salir adelante. Es el momento para decir esto le pasa a la gente que quiere tomar los atajos: te vas a la cárcel. Este otro camino te tomará más tiempo, pero mira tu vida, estás más tranquilo. El momento es bueno para revaluar que el trabajo honesto paga y el crimen no paga.

Fuente El Comercio

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