El presidente de la Defensoría Nacional Anticorrupción, Eduardo Herrera, le sacó la tapa a una olla que ya venía hirviendo: una red de empresas truchas que se las arreglan para firmar jugosos contratos con el programa social Wasi Mikuna (antes conocido como Qali Warma).
Y no hablamos de errores administrativos. Hablamos de empresas que operan desde casas inexistentes, viviendas en construcción o, incluso, sin que sus supuestos dueños sepan que ahí se “vende” comida.
Uno de los mejores ejemplos (y no por calidad, sino por descaro) es el de Corporación MAV S.A.C., registrada en el jirón El Camino 347, La Molina. El equipo periodístico fue a la supuesta sede y encontró… una casita en obra gris. Ni obreros, ni cartel de empresa, ni una olla a la vista. ¿Negocio millonario? Solo si cocinas con magia.
Otra empresa con vocación por el camuflaje es Corporación JEGA’L S.A.C., cuyo domicilio fiscal está en Santa Anita, en la Calle Augusto Salazar Bondy. El equipo tocó la puerta y la dueña del lugar respondió con sorpresa: “¿Empresa? Acá solo vive mi gato”. Claramente, alguien se sirvió de su dirección como quien se sirve una ración doble sin pagar.
Wasi Mikuna: desde Huaraz y Juliaca… directo al comedor escolar de Lima
Porque en este país la logística no tiene límites, varias empresas con sedes en Huaraz y Juliaca aparecen distribuyendo alimentos en Lima y Callao. Casi milagroso. El nuevo delivery interestelar de Wasi Mikuna.
Pero no es magia, es modus operandi. En Lima y Callao se ha detectado un patrón repetido en al menos 10 empresas proveedoras: fueron creadas poco antes de firmar contrato, tienen direcciones falsas o inexistentes y, casualmente, ganan licitaciones para alimentar a miles de escolares.
Y claro, sin infraestructura, sin almacenes, sin cocinas industriales. Pero con un RUC activo y buenos contactos. ¡El combo perfecto!
El menú fantasma del Estado
Estas empresas fantasmas logran contratos por millones para repartir alimentos que nadie ve preparar, nadie sabe de dónde salen, y a veces ni llegan… o llegan con sabor a “caso judicial”.
Y mientras tanto, el Estado sigue depositando como si todo estuviera en orden. Lo más curioso es que no estamos hablando de tecnología de punta: solo bastaba pasar por la dirección y tocar la puerta. Algo que al parecer nadie en el Midis pensó hacer.
Wasi Mikuna está en modo pesadilla: lo que debía ser un programa para combatir el hambre infantil, se ha convertido en el buffet libre de las empresas ficticias. Una fiesta para los que saben llenar formularios, aunque no llenen una sola olla.
Así, la comida sigue en duda, pero la coima parece servida. Bon appétit, corrupción.
Fuente Extra



