Hace algunos meses un ex funcionario público me dijo que las normas eran necesarias porque las personas no cumplen sino hay amenaza de sanción.

En el Perú se emiten normas por miedo a que el otro haga lo que su criterio le indica. Las normas se emiten por desconfianza. Y como, nuestros legisladores nunca están satisfechos, nos llenan de normas sumamente enredadas buscando la fórmula perfecta que jamás llegará.

La población desconfía de las autoridades. Se piensa que todos, o la gran mayoría al menos, son corruptos. Por eso nadie se mete en política y el que lo hace sabe que será objeto de sospecha. Ahí también entra el cínico que ingresa a la arena política aprovechando el tumulto para “pericotear”. Y en el mismo saco se mete a los empresarios mirándolos a todos -sin excepción- como unos pillos de marca mayor que buscan favores para ganar más a costa de la necesidad colectiva.

¿Qué hacer frente a la desconfianza? Lo primero que se me ocurrió es proponer una norma, pero no. La desconfianza no se combate con más desconfianza. Por más que una norma diga que se exige -de hoy en adelante- que todas las personas confíen bajo sanción de multa, siempre existirá una forma de sacarle la vuelta a la ley, habrá una manera de seguir desconfiando. Un papel firmado por una autoridad (una norma), no es suficiente.

La desconfianza es uno de esos temas de fondo entorno a la corrupción. Es un síntoma. Nos han defraudado tanto, y lo hemos permitido, que es difícil confiar.

Honestamente no tengo ninguna propuesta concreta o aterrizada que pueda asegurar resultados en el corto, mediano o en el largo plazo. Solo me queda proponer confiar en lo que pueda pasar.

La confianza es uno de esos intangibles que no gustan y, extrañamente, son capitales en casi todas las muestras de nuestra realidad. Sin confianza no se puede hacer negocios, sin confianza no se puede gobernar, sin confianza no hay relación de amistad posible (existe la conveniencia más bien), incluso las relaciones amorosas se acabarían.

Por supuesto que esto genera mucha ansiedad, sobre todo aquellos que buscan la seguridad del resultado que son los que no confían. Lo siento, pueden decir que este artículo fue una pérdida de tiempo, que no sumó nada o que no trajo nada nuevo. Y es que la confianza no es nueva; por el contrario, es tan antigua que cimienta a la humanidad.

No obstante, frente a lo ya señalado, tener ya el pensamiento de confianza dentro de uno es un avance. Instaurar la buena fe. Creer en el otro de primera mano porque es muy probable que sea confiable. La desconfianza debe ser la excepción. Los grandes países se cimientan en eso, en la confianza hacia sus ciudadanos; creyendo en que harán lo correcto y que sabrán tomar la mejor decisión posible para ellos mismos (lo cual redunda en el beneficio colectivo, si fluye de una conducta ética). No se trata de educación, como adquisición de conocimientos, es algo más que eso, por lo que no tarda mucho tiempo, no hay que invertir dinero ni producir grandes estudios con estadísticas. Simplemente es confiar.

Fuente Gestión

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