Con una perspectiva más histórica, el período presidencial que va del 2016 a 2021 será hasta ahora recordado por diferentes hitos claves entre los que se cuentan, sin duda, la renuncia del presidente Pedro Pablo Kuczynski, el destape y manejo del escándalo vinculado a la corrupción en el sector construcción, y el fenómeno de El Niño costero (FEN) del verano del 2017, así como el posterior proceso de reconstrucción que motivó.

Y, al igual que en los primeros dos casos, el sabor que deja la reconstrucción del norte tiene más de amargo que de positivo. Desde el inicio, la estrategia que siguió el gobierno fue poco clara, con procesos tradicionales de inversión pública acoplados a otros más expeditivos, una Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC) que compartía confusamente espacios y responsabilidades con los ministerios y gobiernos subnacionales –quienes a su vez también desafinaban entre ellos–, y presupuestos y metas que se iban modificando sustancialmente conforme avanzaba el año.

En medio de este inestable panorama, la continuidad dentro de la ARCC ha sido también materia inconsistente. Empezó frente a ella Pablo de la Flor, quien luego de cinco meses le dejó el cargo a Edgar Quispe. Hace unos días, no obstante, el señor Quispe fue sucedido por el ex gobernador de Lima Provincias Nelson Chui.

Es innegable que el proceso de reconstrucción con cambios necesita, precisamente, cambios. Al cierre del 2018, casi dos años luego de los desastres ocasionados por las lluvias, se habían transferido S/5.300 millones a las unidades ejecutoras de ministerios y gobiernos subnacionales de las 13 regiones afectadas. Ese monto comprende el 20,6% del total a asignar (S/25.655 millones) para inversiones que se deberían terminar –según el Ejecutivo– antes del 2021. Más aun, a diciembre pasado, solo S/1.330 millones correspondían a obras terminadas, apenas el 5% del total de lo que se pretende gastar en la reconstrucción. A ese ritmo, las obras culminarían, en realidad, en 30 años.

El recambio dentro de la ARCC, si bien puede imprimir una nueva velocidad a la inaceptablemente lenta inversión pública en esta zona del país, es también una muestra del manejo desprolijo e improvisado que se ha tenido con todo el proceso desde el inicio. Al sumar ya su tercer director en menos de dos años –quien además está bajo investigación por peculado doloso por presuntamente haber ordenado la entrega de regalos a sus funcionarios de confianza durante su gestión de gobernador de Lima– y al haber delegado una porción cada vez mayor del presupuesto público para la reconstrucción a las autoridades regionales, provinciales y locales (muchas de ellas incapaces de llevar a cabo tamaña responsabilidad), este gobierno y el encabezado por el presidente Kuczynski no han podido demostrar una ruta estable y creíble hacia reparar los daños y limitar el impacto de un nuevo FEN en un plazo razonable. Los resultados concretos de este desaguisado son, además, patentes.

Aunque se trate de un proyecto menos complejo, quizá el camino que con relativo éxito ha seguido la preparación e inversión para los Juegos Panamericanos de Lima este año pueda servir de base para repensar la reconstrucción del norte. La contratación con el Gobierno Británico para tener asesoría técnica de primer nivel fue una solución rápida a un asunto en el que el tiempo escaseaba, sobre todo si se debía seguir la vía de inversión pública regular. Es cierto que ello implicaría, para varios proyectos planteados en el marco actual de la reconstrucción, una suerte de borrón y cuenta nueva. Ello, sin embargo, no parece haber sido hasta ahora un gran problema.

Fuente El Comercio

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