El 19 y el 20 de julio de 2016, escribí sobre algunas conclusiones de Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la U. de Duke. Ariely encontró que, enfrentados cotidianamente al dilema de actuar de manera correcta o incorrecta, las personas eligen la segunda cuando los beneficia y/o cuando piensan que eso que hacen mal a sabiendas no le hace daño “a nadie”. Corromperse sin sentirse corrupto.

María Cecilia Villegas llamaba la atención sobre esos “pequeños” hechos que de tan cotidianos se normalizaron y convirtieron en instituciones de facto: desde la comisión al tramitador, hasta la coima al policía o al burócrata.

Según el Foro Económico Mundial (2017), la corrupción encarecía en 10% el costo de hacer empresa y en 25% el costo de celebrar contratos en países en desarrollo. Esto no incluye a la “pequeña” corrupción: la suma de todas las pequeñas “inconductas” que “no le hacen daño a nadie” empequeñece a todos los Lava Jatos y Panama Papers juntos.

Prácticas que todos conocen, costumbres que todos acatan y usos que nadie cuestiona.

Un policía fue condenado a 6 años de prisión por recibir una coima de 10 soles. Como él, decenas de miles de funcionarios cobran coimas relativamente pequeñas para evitar sanciones, conseguir licencias, firmas o documentos.

Si Odebrecht quiere abrir una oficina y, en la municipalidad, Juan Coima le pide comisión, Odebrecht la paga. Le conviene y no le afecta pagar 2 o 3 mil soles extra si así consigue su permiso en 2 días y no en 6 meses. Quizá a Juan Pueblo le cobren S/300 por un permiso para poner un quiosco. Es lo que paga por el colegio de sus dos hijos.

¿Qué corrupción le hace más daño a Juan? ¿Qué hacer para que Juan perciba que algo está cambiando?

No descuide Lava Jato, pero, presidente, no se olvide de los Juanes.

Fuente Perú21

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