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Una buena estrategia puede perderse en una mala oferta

Una buena estrategia puede perderse en una mala oferta

En las siete primeras entregas de esta serie hemos venido insistiendo en algo que considero esencial: una buena participación en contrataciones públicas comienza mucho antes de presentar una oferta. Primero seleccionamos la oportunidad, luego revisamos nuestra propia capacidad, entendemos qué se está contratando, analizamos a la entidad, observamos a nuestros competidores, calculamos si realmente nos conviene ganar y, finalmente, revisamos las bases con las distintas áreas de la empresa, formulando consultas u observaciones cuando resulta necesario.

Después de todo ese recorrido llega un momento decisivo: transformar toda esa información, análisis y decisiones en una oferta concreta.

Y allí comienza otra clase de riesgo.

Porque una empresa puede haber hecho prácticamente todo bien hasta ese momento y, sin embargo, perder una contratación porque su oferta no refleja correctamente aquello que realmente puede cumplir. Puede contar con experiencia suficiente, disponer del producto adecuado, tener capacidad financiera, conocer los riesgos y haber definido una buena estrategia, pero si esa realidad no queda correctamente acreditada dentro de los documentos presentados, todo el trabajo previo puede terminar siendo inútil.

Durante muchos años he visto situaciones de este tipo. Empresas perfectamente capaces de ejecutar una prestación quedan fuera de un procedimiento por una omisión documental, una acreditación insuficiente, una ficha técnica contradictoria, un anexo mal revisado o una información que, siendo verdadera, no fue presentada de manera que permitiera demostrar claramente el cumplimiento.

Por eso existe una diferencia que todo proveedor habitual del Estado debería tener muy presente: cumplir una condición y demostrar correctamente que la cumplimos no siempre son la misma cosa.

La primera pertenece a nuestra capacidad real como empresa. La segunda depende de la manera en que hemos preparado la oferta.

Ese cambio de perspectiva es importante porque muchas veces la preparación documental se convierte en una tarea mecánica. Se descargan formatos, se reutilizan archivos de procedimientos anteriores, se solicitan documentos a diferentes áreas y se comienza a armar una carpeta con el objetivo de que “no falte nada”. El problema es que una buena oferta no consiste solamente en tener todos los documentos. También debe existir coherencia entre ellos y una relación clara entre aquello que la entidad solicita y aquello que nosotros presentamos para demostrar que cumplimos.

La oferta, en realidad, debe contar una sola historia.

Si afirmamos una característica determinada en un anexo, esa información no debería entrar en contradicción con una ficha técnica, un catálogo, un certificado o cualquier otro documento que forme parte de la propuesta. Si acreditamos experiencia mediante determinados contratos, debe poder verificarse con claridad qué objeto, monto o condición estamos pretendiendo demostrar. Si presentamos información proporcionada por un fabricante, distribuidor o tercero, debemos haberla revisado suficientemente antes de incorporarla como parte de nuestra oferta.

Esto parece evidente cuando se explica con tranquilidad. Sin embargo, la preparación real de una propuesta suele desarrollarse bajo presión, con varias personas interviniendo simultáneamente y con documentos que provienen de distintas fuentes.

El área comercial puede preparar los anexos. El área técnica remite información del producto. Administración proporciona documentos societarios. Recursos Humanos entrega información sobre determinadas personas. Un proveedor extranjero remite una ficha técnica y alguien más termina reuniendo todos esos archivos antes de subirlos al sistema.

Cada documento puede parecer correcto por separado, pero eso no significa necesariamente que el conjunto sea consistente.

De allí la importancia de una revisión integral.

No basta preguntarnos si hemos incorporado el documento solicitado. También debemos comprobar si la información que contiene coincide con aquello que declaramos en otros documentos y si realmente acredita la condición que pretendemos demostrar.

Es precisamente en esta etapa donde una práctica aparentemente sencilla puede evitar problemas importantes: separar siempre dos preguntas.

La primera es “¿cumplimos?”.

La segunda es “¿lo hemos acreditado correctamente?”.

Una empresa puede responder afirmativamente la primera y negativamente la segunda. Y en contratación pública esa diferencia puede resultar determinante.

También debemos tener cuidado con la costumbre de reutilizar documentos de contrataciones anteriores. Es lógico que las empresas que participan frecuentemente desarrollen modelos, formatos y carpetas que faciliten el trabajo. Eso mejora la eficiencia y evita comenzar desde cero cada vez. El riesgo aparece cuando la familiaridad lleva a pensar que todas las bases son prácticamente iguales.

Una pequeña modificación en un formato, una nueva declaración, un cambio en la forma de acreditar determinado requisito o una característica técnica incorporada en las bases integradas puede hacer que un documento perfectamente válido en la contratación anterior ya no resulte suficiente en la siguiente.

Por eso la oferta debe prepararse siempre a partir de las bases integradas del procedimiento concreto, y no de nuestra memoria sobre cómo funcionaba una contratación parecida.

La experiencia debería ayudarnos a revisar mejor, no a revisar menos.

Otro aspecto que considero especialmente importante es el control de versiones. En una oferta pueden existir varios borradores de un mismo documento, especialmente cuando diferentes áreas realizan comentarios o correcciones. Si la empresa no tiene un sistema razonable para identificar cuál es la versión definitiva, el riesgo de presentar un archivo equivocado aumenta innecesariamente.

No hace falta un software sofisticado para resolverlo. Lo importante es que exista orden suficiente para saber qué documento fue aprobado, quién lo revisó y cuál es el archivo que finalmente debe presentarse.

Lo mismo ocurre con los documentos provenientes de terceros.

Recibir un archivo de un proveedor, fabricante, profesional o socio comercial no debería significar incorporarlo automáticamente a nuestra propuesta. Si ese documento contiene información que servirá para acreditar una condición importante, corresponde revisarlo con el mismo cuidado que revisaríamos cualquier documento propio.

Una empresa no puede controlar absolutamente todo lo que ocurre fuera de ella, pero sí puede establecer procedimientos razonables para reducir el riesgo de presentar información incorrecta.

Dentro del Método Licita Fácil 360° utilizamos una pregunta que resume bastante bien esta preocupación: antes de presentar un documento, pregúntese si podría defender mañana su autenticidad y exactitud ante una autoridad.

No se trata de desconfiar de todos. Se trata de entender que una vez incorporada determinada información a nuestra oferta, debemos estar preparados para explicar de dónde provino y por qué confiamos razonablemente en ella.

La trazabilidad documental también forma parte de competir profesionalmente.

La oferta debería permitirnos reconstruir con facilidad quién proporcionó cada documento, cuándo lo recibimos, qué pretende acreditar y si existe alguna verificación adicional realizada por la empresa. Esta organización puede parecer innecesaria mientras todo marcha bien, pero adquiere enorme valor si posteriormente surge una fiscalización o un cuestionamiento.

Existe además otra práctica que conviene revisar: pensar que una oferta más voluminosa es necesariamente una oferta más sólida.

No siempre es así.

Presentar documentos innecesarios puede introducir contradicciones o información que nadie había pedido. Una ficha técnica adicional puede contener una característica diferente de la que aparece en otro documento. Un catálogo completo puede incorporar modelos distintos al ofertado. Una certificación que no era necesaria puede generar preguntas que no habrían existido si simplemente hubiéramos presentado aquello que correspondía.

La oferta debería ser suficiente, pero también clara.

La entidad necesita identificar qué estamos ofreciendo y cómo acreditamos el cumplimiento. Si la información relevante se encuentra dispersa entre decenas de páginas o exige realizar inferencias que nosotros podríamos haber evitado, estamos aumentando el riesgo sin obtener ningún beneficio.

Algo similar ocurre con los documentos técnicos. Nosotros conocemos perfectamente nuestro producto o servicio, pero quien evalúa la oferta no necesariamente posee el mismo nivel de familiaridad. Aquello que para nosotros resulta evidente puede no serlo para una persona que tiene que verificar distintas propuestas bajo las reglas del procedimiento.

Por eso la preparación debería realizarse también pensando en quien tendrá que evaluar.

Una pregunta útil consiste en imaginar que no conocemos nada de nuestra propia empresa y recibimos la oferta por primera vez. ¿Podríamos comprobar fácilmente el cumplimiento? ¿Existen datos contradictorios? ¿Hay información que depende de una interpretación favorable? ¿Estamos esperando que el evaluador relacione documentos que nosotros no hemos conectado claramente?

Ese ejercicio puede ser particularmente valioso antes de presentar.

También explica por qué recomiendo, siempre que sea posible, que la revisión final no recaiga exclusivamente en quien preparó todos los documentos. Después de trabajar durante varios días sobre una misma propuesta, comenzamos inevitablemente a leer aquello que esperamos encontrar. Una segunda persona puede advertir con relativa facilidad errores que para nosotros ya se han vuelto invisibles.

La revisión independiente no debería entenderse como desconfianza hacia quien preparó la oferta. Es simplemente un mecanismo de control.

En otras actividades empresariales aceptamos con normalidad que documentos importantes sean revisados antes de emitirse. No existe razón para que una oferta que puede comprometer una cantidad significativa de recursos de la empresa reciba menos cuidado.

Esta es también la lógica del servicio de revisión que prestamos desde Licita Fácil.

Siempre hemos considerado importante mantener una separación clara entre la responsabilidad del proveedor y la del asesor. La empresa conoce sus productos, costos, proveedores, disponibilidad, características técnicas y decisiones comerciales. Por eso la oferta debe ser preparada por ella.

Nuestra función consiste en revisar la documentación preparada, identificar posibles omisiones, inconsistencias o riesgos relacionados con las reglas del procedimiento y permitir que el cliente los evalúe y, cuando corresponda, los corrija antes de presentar.

Esa distinción no es solamente una cuestión de organización del servicio. Forma parte de una filosofía de responsabilidad empresarial.

Quien ofrece debe saber exactamente qué está ofreciendo y estar en condiciones de sostenerlo.

Una oferta profesional tampoco debería prepararse únicamente pensando en superar la evaluación inmediata. Debe estar en condiciones de resistir una revisión rigurosa.

Esto es especialmente importante porque el análisis de nuestra propuesta puede no terminar con la decisión inicial de la entidad. Otros participantes pueden examinar la documentación cuando corresponda, puede surgir una controversia o determinados documentos pueden ser sometidos posteriormente a fiscalización.

Si nuestra oferta depende de que nadie mire demasiado, tenemos un problema.

Lo razonable es que aquello que afirmamos sea verdadero, que aquello que ofrecemos sea realmente cumplible y que aquello que utilizamos para acreditarlo pueda sostenerse frente a una revisión posterior.

Después de haber dedicado semanas a analizar una oportunidad, sería particularmente frustrante perder todo ese esfuerzo por una omisión que pudo detectarse antes de presentar, una contradicción que nadie revisó o un documento cuya información nunca fue adecuadamente verificada.

Por eso considero que la preparación de la oferta representa mucho más que la etapa administrativa final del procedimiento. Es el momento en el que toda la estrategia previa queda condensada en aquello que la empresa presentará formalmente ante la entidad.

Si lo hacemos bien, la oferta mostrará con claridad lo que nuestra empresa puede hacer.

Si lo hacemos mal, podemos convertir nuestras propias fortalezas en algo difícil de acreditar.

Dentro del Método Licita Fácil 360°, esta etapa marca el ingreso pleno a COMPETIR. Hasta aquí hemos seleccionado, conocido y calculado. Ahora debemos demostrar, dentro de las reglas establecidas, que nuestra propuesta merece ser evaluada favorablemente.

Y para ello conviene que antes de presentar exista una última conversación interna, suficientemente tranquila y alejada de la urgencia de los últimos minutos, en la que alguien pueda preguntar si todo aquello que estamos entregando resulta coherente, verificable y compatible con aquello que realmente estamos preparados para cumplir.

Porque una buena oferta no es aquella que simplemente consigue pasar una evaluación. Es aquella que representa fielmente a una empresa que sabe lo que está prometiendo.

La siguiente etapa nos llevará a un escenario distinto. Una vez presentada la oferta y publicado el resultado, puede ocurrir que la entidad adopte una decisión con la que no estamos de acuerdo o que, habiendo obtenido la buena pro, otro participante cuestione nuestra propuesta.

Entonces la competencia entra en un terreno diferente: decidir cuándo corresponde impugnar y cuándo debemos defender aquello que hemos ganado.

Ese será el tema de la siguiente entrega.

Mientras tanto, puede ser útil compartir este artículo con quienes participan en la preparación de sus ofertas y revisar alguna propuesta reciente con una mirada distinta. En lugar de preguntar únicamente si estuvo completa, quizá convenga preguntarse si una persona ajena a la empresa habría podido comprobar fácilmente todo aquello que queríamos demostrar y si existe algún documento cuya procedencia o contenido habría resultado difícil explicar ante una revisión posterior.

También nos interesa conocer la experiencia de otros proveedores. ¿Cuáles son los errores que con mayor frecuencia detectan antes de presentar una oferta? ¿Documentos omitidos, inconsistencias técnicas, anexos, acreditaciones de experiencia, información proporcionada por terceros o problemas de última hora? Compartir esas experiencias puede ayudar a fortalecer los controles internos de muchas empresas.

Licita Fácil brinda un servicio de asesoría integral especializada en contrataciones públicas para proveedores del Estado. Como parte de este acompañamiento revisamos las ofertas preparadas por nuestros clientes para identificar oportunamente omisiones, inconsistencias y riesgos que puedan afectar su participación.

Esta revisión forma parte del Método Licita Fácil 360°, una metodología basada en análisis, prevención, estrategia, documentación e integridad. Licita Fácil no elabora ofertas ni sustituye las decisiones técnicas, comerciales o económicas que corresponden al proveedor.

Conozca la asesoría integral de Licita Fácil en licitafacil.pe

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Asesor en contrataciones públicas con más de 27 años de experiencia exclusiva. Fundador de LicitaFacil.pe y director de ComprasEstatales.org. Especialista en apelaciones, procedimientos sancionadores y estrategias para proveedores del Estado. Promotor de la transparencia y buenas prácticas en el Perú.

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