No hay vicio más reñido con una economía de mercado, y, por ende, con una sociedad plenamente liberal, que el de la corrupción. Merced a ella se desvían irregularmente inmensos recursos de la sociedad en su conjunto a favor de aquellos con mayor capacidad de corromper, como son los propietarios del capital. Es el sueño húmedo de los mercantilistas.

En el Perú se corrompen jueces, fiscales, policías, ministros, congresistas, burócratas, alcaldes, etc., para subvertir la libre competencia. Se cierran mercados frente a otros competidores, se arruinan proyectos de inversión de los rivales comerciales, se obliga a pagar a millones de personas por un servicio cuyo costo ha sido inflado gracias al pago de coimas (véase el caso más notorio reciente de los peajes), se capturan mercados mañosamente.

El sistema es sencillo. Necesito que salga del circuito mi competidor, quien ofrece mejores productos o servicios a menor precio, entonces soborno a quien le hará la vida imposible en el municipio, o dictando una ley, o aceptando un recurso judicial, o aprobando una resolución ministerial en su contra. Y así se termina perjudicando sobre todo a los millones de consumidores, quienes pagarán más por un mal servicio o producto. Cero libre competencia, cero economía de mercado.

No hay nada más mercantilista que la corrupción. Genera un desplazamiento de millonarios recursos a favor de unos pocos. Y las élites empresariales peruanas, cuya fortuna se explica en muchos casos más por la corrupción que por la libre competencia, por eso se oponen a todas las reformas que quieren generar libre mercado. Medran del corrupto mercantilismo.

Lamentablemente, el gobierno de Vizcarra no hace mucho, como no lo ha hecho ninguno de los regímenes anteriores. Que Vizcarra respalde al equipo Lava Jato está muy lejos de darle las credenciales suficientes para derrotar a la corrupción. Debe recordarse a Toledo, quien respaldó el proceso anticorrupción liderado por procuradores, jueces y fiscales, contra la mafia fujimontesinista, y al final fue uno de los gobernantes más corruptos de la historia republicana.

Quien quiera luchar contra la corrupción va a tener que poner de cabeza al Estado peruano. Un valioso informe del portal de investigación periodística Ojo Público, publicado esta semana, es devastador. Se calcula, por ejemplo, que el 40% de las contrataciones con el Estado tiene riesgo de corrupción. “Ciento diez mil adjudicaciones de todo el país, por S/ 57 mil millones de soles entre 2015 y 2018, fueron entregadas a un único postor que no tuvo competencia o a compañías creadas pocos días antes del concurso”. ¡Un horror!

Y, por supuesto, ninguna institución hace algo al respecto. Ninguna persona en el Estado tiene los dientes o las prerrogativas suficientes para impedirlo. El Estado peruano está totalmente perforado por la corrupción. Es la matriz de miles de fortunas malhabidas que abonan en el crecimiento irregular y disfuncional de la desigualdad social. A causa de la corrupción anida y crece la más peligrosa disidencia cívica.

-La del estribo: descomunal The Irishman, la película de Martin Scorsese, con los gigantes Robert de Niro, Al Pacino y Joe Pesci. Una pintura del paisaje corrupto de las mafias en los Estados Unidos del siglo pasado, que, tranquilamente, aunque sin tales dosis de violencia, se puede asemejar a nuestro país, en lo que a corrupción se refiere. No entiendo por qué algunos se han quejado de la duración de la película. Scorsese pudo habernos regalado una hora más sin problemas.

Fuente La República

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