La orden de detención dictada contra el exalcalde de Lima Luis Castañeda Lossio tiene una gran importancia, desde el punto de vista simbólico, en la lucha contra la corrupción.

La popularidad de Castañeda ilustraba, mejor que ningún otro caso, un firme sentido común popular que había terminado aceptando a la corrupción como un componente “normal” del manejo de los recursos fiscales. La consigna informal que presidió sus últimas campañas, “roba, pero hace obra”, plasmaba macizamente esa aceptación resignada de una afirmación axiomática: todos los políticos son ladrones y por lo tanto es más realista aceptar que aquellos que elegiremos van a robar, pero al menos dejen “algo” que justifique su anidamiento en el paraíso del presupuesto público. Desgraciadamente, las evidencias de que la corrupción lo atravesó todo, y ante ella no valieron ni las diferencias de origen, ni las de carácter ideológico, terminaron reforzando esa convicción tan realista, como desmoralizante.

Luis Castañeda Lossio usó y abusó del poder que le fue conferido por los ciudadanos de una manera que desborda cualquier comparación. Ejerció el cargo de alcalde de Lima por interpósitas personas, porque no se daba el trabajo de asistir a las sesiones del Consejo, sino que encomendaba esa enojosa tarea a sus lugartenientes. Decenas de jóvenes dedicaron años de esfuerzos para recopilar firmas, con una demanda que ya resulta ridícula: “Habla, Castañeda”. El aludido no daba cuentas de nada y a las críticas y acusaciones, con casos tan evidentemente teñidos por la corrupción como el de la empresa Comunicore, respondía con el silencio y una risita cachacienta.

Alejado provisionalmente del poder por el triunfo de Susana Villarán, Castañeda se dedicó a conspirar en asociación con las mafias del comercio informal y del transporte, para precipitar su salida por la vía de una revocatoria. Fracasó parcialmente, porque no logró sacar a Villarán, pero complicó su ya precario manejo de la alcaldía dejándola sin su equipo de regidores. Es triste constatar que Villarán, traicionando la confianza de quienes la apoyaron, terminó envuelta en la misma trama de corrupción que prometió combatir.

La obra de Castañeda es capítulo aparte. Tuvo algunas iniciativas laudables, como las escaleras en los cerros y los hospitales de la solidaridad. Pero destrozó literalmente la ciudad con obras realizadas inconsultamente, sin oír ni a los ciudadanos ni a los especialistas en urbanística y hábitat. Era poseído por una obsesión por el cemento que parecía dictada por un odio a la naturaleza y a todo aquello que la evocara. Allí está la cantidad de pasarelas colocadas al borde de la Costa Verde, destruyendo uno de los paisajes de litoral más bellos de nuestra costa, todo para edificar una ciudad para los automóviles. Guiado por la misma obsesión destruyó la unidad paisajística del tramo de la avenida 28 de Julio, con el bypass que era el abanderado de una tanda de vías rápidas que debían destruir las avenidas Salaverry, Aramburú y otras. Por fortuna la reacción ciudadana logró detenerlo. Ya sabremos cuánto influyeron las coimas en esta obsesión.

Castañeda se va, pero nos deja sus obras amarillo caca para recordarnos su paso por Lima. La última estampa que deja, al desaparecer de la escena pública, es esa actitud burlona y la risita cachacienta dedicada a la fiscal que lo acusaba, y que provocó una reprimenda de la jueza. Como acertadamente ha señalado Jorge Bruce, se trató del último gesto de omnipotencia de aquel que, acostumbrado a la impunidad, terminó sintiéndose intocable.

Fuente La República

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