Lambayeque se cae a pedazos y no es una metáfora. La también llamada ‘Ciudad Evocadora’ solía respirar tradición e historia. Aquí muchos patriotas jugaron un rol importante durante la independencia y las casonas son testigos de esa época de levantamiento contra el yugo español.

Pero ad portas del Bicentenario de la independencia del Perú, lo que vemos es un rosario de edificaciones históricas abandonadas y resquebrajadas, incluso en la propia Plaza de Armas. Muchos de los monumentos que figuran en la lista de patrimonio lambayecano protegido por el Ministerio de Cultura ya no están (se calcula que se ha arrasado con el 40 por ciento de edificaciones coloniales y republicanas). Desaparecieron o las desaparecieron y no pasó nada. Las autoridades responsables prefieren mirar a otro lado.

Son 23 los edificios en emergencia, según la Dirección Desconcentrada de Cultura. Algunas casas muy bellas e incluso el cuartel (hoy colegio) donde se rindieron las tropas españolas lucen apuntaladas con palos o seriamente deterioradas.

Entre los lambayecanos existe la sensación de que al Estado peruano no le importa una ciudad que debería ser una joya histórica en el norte. Y que la corrupción ha jugado un papel importante desde que las denuncias para defender el patrimonio caen en saco roto.

Hace un par de meses la casa Varillas se desplomó. Era un testimonio de la época de esplendor industrial que vivió Lambayeque, cuando por el antiguo puerto internacional de lo que hoy es San José se exportaban jabones y tabaco, y se importaban los productos más finos de Europa. Durante el siglo XIX la ciudad contaba con representaciones consulares de países como Estados Unidos e Italia. La casa Varillas fue una elegante tienda comercial. La mitad de la casa aún está en pie y nadie ha movido un dedo por preservar lo que queda.

Hace unos años, los trabajos de saneamiento en esta hermosa villa colonial y republicana resultaron en malos manejos e irregularidades ampliamente documentadas. Durante tres años, el Consorcio San Pedro, contratado por la municipalidad, dejó zanjas abiertas, hizo reparaciones poco profesionales y causó daños en las estructuras de los edificios del centro de la ciudad.

Una de las ‘víctimas’ fue la famosa casona Montjoy, ícono de Lambayeque, declarada patrimonio desde 1963, porque fue escenario de importantes episodios durante la independencia. Posee un hermoso balcón de madera que se considera el más largo de Sudamérica. Dicho monumento había sido restaurado antes de las operaciones de saneamiento de agua y desagüe, pero hoy luce resquebrajado y en peligro de desplomarse. De hecho, por precaución, a nadie se le permite el ingreso. El segundo piso es prácticamente un nido de gallinazos. El caudillo Juan Manuel Iturregui estaría escandalizado si viera este abandono.

Lo que debería ser un motivo de orgullo, hoy hace llorar a los lambayecanos.

Lo más lamentable fue la destrucción, en el 2011, de la casona Cúneo, una edificación extraordinaria con los mejores techos de madera de todo Lambayeque y una fachada mestiza que llevaba capillas encima de las columnas y una concha spondylus al centro. Los propietarios la descuidaron, luego la vendieron y los nuevos dueños trajeron abajo lo que fuera la joya de joyas de la arquitectura colonial. No importó que fuera uno de los lugares donde se juró la independencia con presencia de los alcaldes indígenas de Lambayeque. La demolición causó daño en las viviendas vecinas. El caso de la casa Cúneo está sancionado y en proceso de cobro, según la Dirección Descentralizada de Cultura. Pero el terreno hoy funciona como cochera. Los lambayecanos piden que se reconstruya, aunque la réplica ya no tenga valor histórico, solo para que las nuevas generaciones admiren lo que alguna vez tuvo esta ciudad.

Un episodio lamentable vive la historiadora Piedad Pareja Pflucker. Ella compró dos casas históricas con la intención de restaurarlas y convertirlas en hospedajes culturales de primer nivel. Pero entonces la limeña enamorada de Lambayeque vio que su buena voluntad se convirtió en pesadilla. Ella empezó a restaurar una casa del siglo XIX en el 2002 y hasta ahora no puede inaugurarla. La municipalidad en todos estos años ha demorado las obras de restauración en la vecina iglesia San Pedro, trabajos que mantuvieron su casa sin pared trasera, a expensas de posibles ataques de la delincuencia.

“No me dejaban levantarla y no la levantaban ellos. Enjuicié a la municipalidad. Ocho años de juicio, tres sentencias favorables y ellos apelaban. Cuando terminaron la pared, acto seguido empezaron a levantar otra obra. Debió demorar 120 días y ya va un año y no la terminan”, señala.

“Muchos lambayecanos han sido afectados por la ineficiencia de la municipalidad y por la ausencia total del sector Cultura, pero yo he sido la más perjudicada”, agrega. Y no es para menos. Rescatar dos casas monumentales le demandó una inversión millonaria. Estaría en la ruina de no ser porque sí logró inaugurar la hostería San Roque, una preciosa casa del siglo XVIII que evoca el antiguo esplendor lambayecano. //

Fuente El Comercio

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