El desplome de un puente en construcción en Cajamarca ha generado apenas unos cuantos titulares y casi nulos comentarios o interrogantes en las redes sociales. No se trata de un accidente cualquiera, es una obra que se ejecuta desde febrero del año pasado y que estaba a punto de ser concluida y entregada para su inauguración. O sea, una estructura nueva y fuerte –por lo menos en teoría– pero sus bases cedieron y se desplomaron llevándose con ellas la vida de cuatro humildes peruanos y dejando heridos a otros diez. ¿Qué pasó?, nadie sabe ni aclara, aunque es inevitable pensar que hay gato encerrado y que la obra estuvo mal diseñada, se usaron materiales de mala calidad y no hubo supervisión. El Consorcio T&T, a cargo de la construcción, debe más que una explicación pero también las autoridades que lo contrataron.

Situaciones como esta son más comunes de lo que creemos sobre todo en el interior del país donde los sistemas de control son aún más ineficientes. Es cotidiano ver pistas y carreteras recién hechas que en pocos meses presentan grietas y forados, edificios públicos recién construidos que se caen a pedazos, obras municipales y regionales con fallas escandalosas que generan sospechas de irregularidades y coimas. Las denuncias por corrupción recaen principalmente sobre las autoridades pero solemos olvidarnos de los otros responsables, los empresarios –grandes y pequeños– que han hecho del pago de sobornos su modus operandi para conseguir jugosos contratos.

Ante esta creciente ola de corrupción en el país uno esperaría que los gremios empresariales como Confiep se coman el pleito, condenen, persigan y denuncien a los empresarios corruptos. Por el contrario, mantienen posiciones tibias frente a casos de la magnitud de Odebrecht y sus socios peruanos o del condenado y prófugo Lelio Balarezo. Peor aún, traban con lobbies proyectos de ley para sancionar a las empresas corruptas. Lo que esperaríamos de ellos es que se comprometan eficazmente en la lucha y eso parte por aceptar que son, en gran medida, parte del problema.

Fuente La República

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