La corrupción le cuesta al país S/ 33.800 millones cada año, lo que representa entre el 3% y 5% del PBI, según Proética. Datos de la Unidad de Análisis de la Procuraduría Anticorrupción revelan que el peculado y la colusión son los delitos más comunes siendo los municipios las instituciones con mayor incidencia. En 2016 se tramitaron 30,913 casos y la percepción de impunidad va en aumento debido a la lentitud en la administración de justicia a consecuencia de la falta de recursos, ineficiencias y claro está, la propia corrupción.

El escándalo Odebrecht ha provocado la detención de funcionarios del segundo gobierno aprista vinculados al exministro Enrique Cornejo, pero lo que todos nos preguntamos es, ¿qué hay con los demás? Y no nos referimos solo a los niveles más altos del partido de la estrella sino también a los responsables de otros gobiernos. Nadie podría pensar que el pago de coimas haya alcanzado apenas a funcionarios de mando medio que no viven con lujos ni opulencia, lo que permite presumir que fueron únicamente testaferros para figurar en documentos y cuentas, ocultando a los verdaderos receptores del dinero indebido.

“La pita se rompe por el lado más débil” ha dicho Edwin Luyo y cuánta razón tiene. Recordemos a Miguel Facundo Chinguel, preso por cobrar a narcotraficantes a cambio de conmutaciones que firmó Alan García. O a Agustín Mantilla preso por recibir 30 mil dólares de Vladimiro Montesinos para la campaña presidencial de García. Ya libre, Mantilla dijo: “Cumplí órdenes y acepto las consecuencias”. También Comunicore y los 15 funcionarios municipales investigados, pero con la exclusión de Luis Castañeda pese a todas las pruebas en su contra. O César Almeyda, el abogado de Alejandro Toledo, preso 4 años por corrupción a quién se le imputó, entre otras cosas, ser el dueño de una cuenta bancaria destino de coimas por la entrega de megaobras. Años después se determinó que la cuenta le pertenece a Josef Maiman, el amigo de Toledo que “le compra” lujosas casas y oficinas.

Sí, pues, la pita se rompe por el lado más débil. Las “ratas gordas” están libres.

Fuente La República

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